miércoles, 16 de octubre de 2019

Noches de Jazz

Nuestro corazón humano gusta de volar siempre por encima de toda sensación y fantasía; gusta de la embriagante lentitud de la vida y de la música, tal vez por eso muchos artistas aman su nostalgia, que los hace lentos y sensibles, pues sucede que esa sensación no es confundida por depresión o pesimismo, sino, simplemente, un superfluo y efímero escape de la pesadez del tiempo, añorando mejores cosas para el espíritu.

Aquélla fue una noche normal. Un hombre entraba, vestido con su gabardina negra, o café, o blanca, y con sombrero que combinaba con el traje. Algún hombre solitario, otro acompañado, pero todos hartos del tiempo que habían dedicado a sus profesiones y a sus excesos. Las camareras jóvenes y coquetas, alentaban el ímpetu de aquellos hombres, pero esto no era un burdel, era solamente una taberna vieja, europea y barata, escondida en el mundo moderno. Cada noche había jazz en vivo, siempre las mismas canciones. Esa noche sonaba  "Django" de Joe Pass, tocada por un guitarrista que nunca sonrió al interpretarla.

Había un hombre sentado de traje gris, camisa blanca y corbata negra que prestaba atención especial a los músicos, y cerraba los ojos después de beber del whisky que le habían servido en las rocas; y su cara expresaba el más profundo placer al escuchar aquellos raros acordes. Después sonó "The Touch Of Your Lips" de Chet Baker y el ruido de voces disminuyó, la gente se encontraba ensimismada en la música y el alcohol; y el hombre del traje gris se puso a pensar en su nostalgia y en su soledad. La canción no ayudaba a disipar el recuerdo, y comenzaba a rememorar la textura de los labios de aquella preciosa mujer; recordaba cómo se sentía abrazarla y besarle la mejilla derecha o la frente; recordaba cómo él hubiera matado por volver a besar aquellas finas manos. Lo invadía la nostalgia y el recuerdo borroso de una mujer y un amor fugaz. Su rostro ahora era sereno y concentrado en su alcohol, pero los ojos comenzaban a hundirse en lágrimas sofocadas sin éxito. Una camarera lo notó y se acercó a él con otro vaso de whisky. Dejó el vaso junto al otro. Él la miró a los ojos, ella sonrió y dijo:

- Comprendo tu nostalgia...
- ¿Comprendes que los amores más grandes son los fugaces?
- Sí, una vez dejé ir a un hombre porque quise que él fuera libre, pero la libertad es una mentira.
- Yo no la dejé, yo me fui porque perseguía esa mentira de la que hablas. Llegué y ella ya no era la misma... ni yo tampoco, pero lo que sentí seguía allí... sigue aquí... - Y se pegó en el pecho. Se terminó de un trago el vaso lleno y habló de nuevo - Otro igual, por favor. - La camarera obedeció y se fue.


Cuando la bonita chica volvió, el hombre del traje gris estaba con la mirada perdida y se recostaba constantemente sobre la mesa. La camarera le colocó el vaso junto al brazo derecho, y cuando él se percató de su presencia, levantó el rostro y le pidió que tomara asiento.

- No puedo, estoy trabajando.
- ¿Para quién? Soy el único que está gastando su dinero.

Titubeó un poco la chica, pero se sentó.

- ¿Cómo sabes que la libertad es una mentira? - preguntó él.
- Sólo míranos... para empezar, ¿Qué es la libertad? ¿Sólo la condición de no tener impedimentos físicos o mentales? Ni siquiera somos libres de nuestros impulsos, mucho menos de nuestras ideas arraigadas muy dentro de la mente y el espíritu. Seríamos libres, incluso inmortales, si la Naturaleza no existiera, pero si no existiese, nosotros tampoco. La libertad es la mentira mejor contada de la historia de los seres humanos. - Hizo una breve pausa, y preguntó - ¿Por quién bebes?
- Una chica fugaz y hermosa, a quien le entregué lo más puro de mí, incluida mi oscura honestidad, pero que simplemente no puedo evitar recordar las sensaciones que me hizo sentir. No bebo por ella, más bien por el recuerdo.

La camarera bebió del vaso de whisky y preguntó:

- ¿Por qué nos da miedo volver a sentir?
- No tenemos miedo de sentir, más bien de salir heridos de nuevo. Nosotros no sufrimos por amor, sino porque nos falta y, aun sabiéndolo, lo rechazamos. No bebemos para olvidar, bebemos porque recordamos mejor.
- ¡Cuánta tristeza hay en el fondo de un vaso lleno de whisky y en tres notas de esa trompeta!
- ¡Cuánta nostalgia en nuestros ojos! - Y cerró los ojos, y volvía a disfrutar la música. - Cuando la bestia tiene corazón alcohólico no se puede domesticar su ímpetu.
- ¿Y eso que significa?
- No lo sé... - Rió y bebió más whisky.
- Lamento informarte que ya vamos a cerrar.
- Está bien, ya me voy. - Pagó su cuenta y dejó propina. La chica agradeció y se fue.

El hombre tomó su sombrero gris y salió caminando en zigzag. En la calle intentó prender un cigarrillo, pero falló varias veces. Cuando logró encenderlo, siguió su camino serpenteante. De pronto se escuchó un "¡Disculpa!", y miró detrás de él para notar que era la camarera.

- Olvidaste tu gabardina. - Y ésa fue la primera vez que él vio el rostro de ella, y notó que era rubia, con cabello suelto la notaba más bonita aún; con ojos grises y una boca sutil y preciosa, que sonreía e iluminaba la noche y la vida de cualquiera que tuviese un alma sensible. También notó que era más alta de lo que aparentaba.

- Gracias. Te agradezco que te tomaras la molestia de traerme mi gabardina.

La chica le pasó su gabardina y sus manos se tocaron, ella sonrió tímidamente y él también.

- De nada.

Se quedaron de pie frente a frente en completo silencio. A lo lejos se escuchaba el ajetreo de la taberna recogiendo todo; los autos pasaban. Nadie decía nada, y entonces el hombre quiso romper el silencio, pero ella lo interrumpió y dijo:

- Si quieres mañana puedes pasarte por aquí a las 11 de la noche, y no sé, continuamos esa charla de hace un rato. - El hombre asintió con la cabeza y en silencio. Ella se acercó a él, le tomó del brazo y le dio un beso en la mejilla. Le miró a los ojos, dijo adiós y buenas noches, y regresó dentro de la taberna.

El hombre caminó a su casa a través de la noche inútilmente iluminada por los focos públicos; con una mancha de labios rojos en su mejilla. Cuando se acostó por fin pudo dormir, sabía que iba a volver a sentir.

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