¡Vámonos con Don Severo!
El viernes 9
de mayo del año en curso regresé a vender flores con la familia a la que
acompañé por primera vez hace poco más de un mes a San Francisco del Rincón.
Encontramos
esta primera cuestión: ¿Por qué regresar? En primera instancia, esas personas
no son un pedazo de carne ni un espectáculo al “cual hay que ir a ver”. Siguen
siendo personas, seres humanos capaces de brindar, y, aún más importante,
recibir ayuda. Pero la pregunta sigue sin respuesta, quise regresar porque en
la primera ocasión en la que acompañé a dicha familia (en realidad acompañé a
los hijos menores: Rosalía y Abraham), me sentía desarmado, no sabía cómo
llegar con ellos, cómo hablarles, cómo relacionarme. Era incómodo dado que
ellos no me conocían, yo no los conocía, existía una brecha enorme entre
nosotros, y no lo digo en un sentido elitista, sino en un sentido de amistad.
Nunca nos habíamos visto ni siquiera el rostro y yo estaba ahí con ellos en su
rutina, en su trabajo, de un día para otro llegué a invadir la privacidad de
estas personas. ¿Con una sola visita sería yo capaz de aprender a ponerme en
los zapatos de estas personas? ¿Sería posible que con una visita yo pudiera
comprender su visión del mundo? Parece bastante obvia la respuesta ahora, ¿no
es así?
Regresé porque
de algún modo quise agradecerles su tiempo, su apertura hacia mí, su abnegación
y su amabilidad.
El viernes 9
de mayo me fui de nuevo a acompañarles. Sin embargo, ahora fue turno de Don
Severo de ser el acompañado. Había ido yo el martes 29 de abril al Centro de
Desarrollo Indígena con la finalidad de frecuentar a esos dos pequeños niños.
Fui a verles, aunque también iba yo con intención de preguntar si ellos
pudieran usar de mi utilidad como vendedor de flores. Don Severo no estaba, fue
con Doña Victoria con quien platiqué, y me dijo que sí, que mi ayuda sería bien
recibida. Nos pusimos de acuerdo respecto a fechas y quedó el 9 de mayo de
2014, a las 11 am.
Llegó el día,
no entré a la clase de Comunicación y Diseño por llegar temprano a mi cita
hecha con demasiada anterioridad.
Desde el 2 de
mayo ha sido un mes bastante conflictivo en lo personal: Varias batallas
internas por pelear, varios descubrimientos sobre mí, diversas emociones por
canalizar y reorganizar, muchas cosas por mejorar en mi pensamiento y
emociones. Pero yo ya estaba ahí en el Centro Indígena a las 11 am de ese
viernes soleado.
Llegué con
mucha actitud, mientras intentaba no pensar en todo aquello que en mis hombros
se juntaba. Estacioné el auto afuera de la institución, por costumbre. Entré
caminando y vi a Rosalía preparando los ramos de flores que serían objeto de
venta esa misma tarde. Me acerqué a ella y le pregunté que si quería ayuda y me
dijo que se encontraba bien, así que le pregunté por su mamá, y ésta se
encontraba cocinando frente a donde
Rosalía preparaba los ramos. Ahí estaba ella, sentada frente al fuego y a un
gran pedazo de metal que fungía como cacerola, dentro de la cual había pescados fritos. Estaban cocinando Doña
Victoria y una de sus nueras. Yo seguía siendo un reverendo inútil observador,
y me decidí por preguntar: “Doña Victoria, ¿a qué le ayudo?”. Ella contestó: “Vete
con Rosalía a ayudarle con las flores”.
Lo hice. A
Rosalía, que ya me había rechazado, le dije: “Ni modo, tu mamá me mandó a
ayudarte. Dime qué hago”, y me mostró cómo hacer un ramo de claveles. El ramo
consistía en acomodar dos ramas de “hierba” junto con unas flores pequeñas
moradas o amarillas y acomodar 3 claveles alrededor de esta hierba y flores; 1
clavel debía ser rojo, otro rosa y otro blanco. Mi estupidez era del tamaño de
mi coordinación y experiencia haciendo ramos de flores, de manera que el primer
intento no me quedó ni cerca de estar bien. Le dije a Rosalía que me dijera si
los hacía mal para volver a hacerlos, ella sólo rió. Creo que quiso decirme que
mejor no hiciera nada, pero ahí estaba yo, intentando ayudar.
De rato, se
hizo pesado y tedioso eso, pero pensé: “Ellos hacen esto diario, es la única fuente
de ingresos que estas personas tienen”, y se me quitó el pensamiento de encima
y seguí generando más ramos, hasta que llegó una hermana de Rosalía, Reyna, que
me dijo que ya era suficiente. Y se dedicó a arreglar mis porquerías (que no
fueron tantas, y me sentí bien de no ser tan imbécil para hacer un ramo de flores).
Luego, vi a
Don Severo, que estaba junto con su hijo intentando encender el motor de la
camioneta en la que nos iríamos a vender más tarde las flores. Ya eran
aproximadamente las 13 horas del día cuando Don Severo decidió que ya era hora
de comer. El motor aún no arrancaba, pero se fue a sentar de todas formas a la
mesa. Ya en la mesa, me senté junto con el hijo de Don Severo y Doña Victoria,
el mismo que ayudaba a encender el motor, se llama Gabriel. Estábamos Gabriel,
Don Severo y yo, sentados comiendo pescados recién atrapados de la presa del
palote de esa misma mañana. La primera vez que estuve en la mesa con ellos,
nadie comentó nada, hubo un silencio hiriente en aquella ocasión. Pero esta
vez, incluso hubo risas y varios comentarios con humor. Aunque ellos seguían
hablando en Náhuatl para ellos, no me sentía excluido, pues sabía que era yo el
que no encajaba ahí, el que estaba irrumpiendo una privacidad y una intimidad
completamente ajenas a mí.
También me
sorprendí de algunos temas que surgieron en la comida, como que comieran
plantas que a mí jamás se me habría ocurrido poner en mi boca. Me platicaron
que comían quelite, esa planta que nos enseñan a los niños lux (en experiencia
rural) que es mala para los cultivos, y, sin embargo, Don Severo y Gabriel me
dijeron que el quelite era bueno para limpiar los riñones. También me
comentaron sobre los tipos de zapote que ellos conocían, los tipos de maguey
que ingerían. Me hablaron sobre sus rutinas de comida, es decir, despiertan,
hacen sus cosas, comen hasta la 1:00pm y luego hasta regresar de vender, que
puede variar entre las 5 o 6 pm, hasta las 8 o 9 de la noche. Estaba yo de
verdad muy desconcertado, porque pareciera que ellos me tenían en un concepto
demasiado elitista, porque creyeron que yo no comía frijoles y que no comía
mucho, además que pensaban que tampoco comía tortillas. Desmentí todo eso, y
fue hora de decir la verdad, que a mí me gustaban (y aún me gustan) mucho los
frijoles, que me encanta comer tortillas y que tengo casi los mismo hábitos de
comidas que ellos.
Después de la
comida y de ciertas risas surgidas, fue hora de irnos. Para nuestra sorpresa,
sí arrancó la camioneta en la que nos llevarían a “Los Castillos”, aquí en la
ciudad de León, para ir a vender las flores.
Nos llevó un
sobrino de Don Severo, se llama Arturo, de 13 años (que no estudia porque
quiere ayudarle a su papá a fabricar muebles de madera) (aunque no sé si por
gusto o por obligación). Arturo se mostró muy nervioso conmigo, pues durante el camino hablamos poco, pero se la pasaba comentando cosas en Náhuatl
con Don Severo. Le pregunté a este último sobre sus flores, me dijo que habían
ido a “México” (me imagino que hasta el DF) por las flores, las cuales eran
Lilis, claveles, rosas (rojas y amarillas). También le pregunté sobre su
camioneta (en la que íbamos) y me comentó que él había arreglado el motor, y le
salió demasiado caro (no daré detalles por ética profesional). Regresando a las
flores, también me comentó la suma invertida, y el tiempo y esfuerzo en ir por
ellas. De verdad quedé sorprendido con todo el esfuerzo y dinero que hace esta
gente para sobrevivir. Me sorprendí porque no estoy acostumbrado a escuchar,
mucho menos vivir en carne propia, los esfuerzos que estas personas hacen.
Seguramente muchos de nosotros estamos acostumbrados a escuchar a nuestros
papás hablar, pero como empresarios, cosas como: “Es que mandé traer 3
toneladas de arena de Cancún para ponerla en la sala”, pero no estamos
acostumbrados a realmente ver el esfuerzo que esto implica: Ir hasta el DF,
invertir mucho dinero en algo que venderás después en la ciudad en la que estás
viviendo. Y, cabe aclarar, que esta vendimia no es irse a sentar a una esquina
en la ciudad o en alguna parte de la ciudad, es ir a vender flores, estar
caminando por toda la colonia, al tiempo que se frecuentan a todos los clientes.
Es decir, Don Severo es su proveedor y su distribuidor propio. Proveedor tal
vez no tan literal, pues él compra las flores y no las cultiva, sin embargo, él
hace la compra para surtirse de producto que pueda ofrecerle a sus clientes.
Aún no me
aprendo bien las rutas a las que asiste semanalmente Don Severo, pero sé que
los sábados se va a San Francisco del Rincón a vender. Algo que me llama mucho
la atención es que vende (por la experiencia que tengo junto a ellos) en lugares con escaso recurso económico, es decir, se van a colonias populares.
La vez que fui a San Pancho con ellos, noté que sus hijos (Rosalía y Abraham) caminaban
por calles, algunas sin pavimentar, otras pavimentadas, otras con gente
drogándose a plena luz del día en plena calle, en colonias donde los niños por
lo general están descalzos y los pies negros del trabajo que tienen que hacer
desde pequeños. No fue muy diferente acá en Los Castillos.
En alguna
ocasión mi estupidez salió a flote y me animé a vender flores por mi cuenta.
Estábamos en un pequeño establecimiento de mariscos, y Don Severo y yo
descansábamos un poco con un refresco Peñafiel de fresa que nos ofreció gratis
el dueño del establecimien- to. Antes de nosotros llegar, estaba una pequeña
familia de 3, mamá, papá e hijo, y cuando llegamos estaban ellos por irse.
Mientras pagaban la cuenta, el señor notó la cubeta de las rosas y me preguntó
que en cuánto “las andaba dando”, le dije que los claveles en 10, las rosas en
20 y las lilis en 30. Sin embargo, y, dado que habían ramos de rosas con 2 y 3
rosas, no supe qué hacer cuando el señor vio un ramo de 3 rosas y lo comparó
con uno de 2, y le dije: “Bueno, ése se lo dejo en $15”. Yo confiaba en la
experiencia que había tenido en las ventas previas. Don Severo sólo me vio y me
dijo “Ésas están a 20”, y pues no pude hacer mucho porque el señor ya se había
ido. Pero después recuperamos esos $5 en un ramo de claveles que dimos en $15.
El día
avanzaba y mis ánimos iban creciendo. Iba viendo el ritmo de vida de Don
Severo. Era bastante agitado, camina demasiado y con moderada velocidad, visto
esto me hizo mucho sentido el por qué comían tanto.
El regreso hacia
el centro indígena fue en camión, y pensé: “León es tan grande cuando se ve con
otros ojos”. No es broma: Terminamos la venta aproximadamente 5:45pm y llegamos
al centro indígena como a las 7:00pm, sólo por el regreso en camión. Nunca me
había subido a un camión y tener que estar cuidando dos cubetas enormes y
vacías. Ésta parte sí fue muy incómoda. Pues era la hora en que mucha gente
iba de vuelta a sus hogares y usaban el camión. En más de una ocasión, por
estará cuidando las cubetas, descuidé mis partes de hombre y se sintió feo.
Llegamos al
centro indígena y aún había sol. De hecho se sorprendieron de vernos algunas
personas de ahí, entre ellas Rosalía y Abraham, quienes dijeron: “Ah,
terminaron temprano hoy”. Supongo que están acostumbrados a que su papá desaparezca
por varias horas al día; y aún así, Doña Victoria ya no la encontré, pues
estaba vendiendo todavía, me parece que ella sola.
Me quedé un
rato platicando con Abraham y Rosalía, y conocí a un hermano mayor de ellos, se
llama Jaime. Él no vende tanto como sus hermanos, se dedica más al estudio, sin
embargo, sí sale a vender.
Después, el
cansancio comenzó a invadir mi cuerpo y mi mente. Una vez frío y
desacostumbrado de caminar y estar cargando las pesadas cubetas sobre los
hombros, el cuerpo se relajó y decidió cansarse. Así que decidí irme. Pero la
mente resistió un poco más.
Yo seguía
pensando en esa ligera situación emocional por la que estoy pasando, pero no
dejaba de pensar en lo que había vivido durante el día, con Don Severo,
Rosalía, Jaime, Arturo, Gabriel, Doña Victoria, Abraham, Estrella (la hija más
pequeña de la familia, con quien estuve jugando un rato con una pelota), y
demás personas.
Quiero
regresar otra vez, seguirles ayudando a vender flores. Tal vez no diario, pero
sé que estas personas son tan capaces de brindar ayuda, como de recibirla. Me
quedé pensando y aquéllos que son capaces de recibir ayuda son esas personas
las más aptas para ayudar a los demás, es decir, al saber que necesitan ayuda
(aunque sea para cargar una cubeta) reciben de buena manera esa ayuda, al
tiempo que hacen sentir útil al que los ayuda. Es un acuerdo recíproco
silencioso que nadie se pone a razonar.
Otra cosa en
la que me quedé pensando es que, dada la cantidad invertida de flores, noté que
no se recupera la cantidad en un solo día, pero viven al día, con lo que ganan
de venta en una tarde, les sirve para la comida del día siguiente. No se
proyectan a futuro, están más al pendiente de su presente y de cómo sobrellevarlo,
no les preocupa otra cosa más que salir adelante un día a la vez. No sé cómo tomar esto, porque
siempre yo soy mucho de estar pensando más allá de la sobrevivencia. Además, me
pone en una situación de conflicto intelectual porque son demasiadas maneras de
pensar las que me llegan al tocar este tema: Pienso en la gente que he conocido
en Chiapas con los Tzeltales, con la gente de San Luis de la Paz (de Paso de
Vaqueros, o de Loma de San Juan), con la gente de Villahermosa, Tabasco (creo
que fue en Ejido Marín), o con gente de aquí cerca de Nuevo Valle de Moreno. Son
tantas mentalidades tan diferentes, pero en condiciones socioeconómicas tan
parecidas, que es difícil encontrar un discernimiento apropiado para todas las
experiencias, y, sin embargo, sé que todas deberán pensarse (y vivirse) de
diferente manera.
Algo de lo que
estoy seguro: Voy a seguir yendo al centro indígena, y probablemente siga
ayudando a la venta de flores, aunque no creo que vaya a San Pancho, prefiero
quedarme aquí en León.
lo mejor es la experiencia de vivir diferentes formas y despues acordarte de yo hice eso
ResponderBorrarLlevar acabo la iniciativa de entrar en un ambiente totalmente diferente al tuyo, por el simple fin de ayudar, es admirable. Que comprendas que, apesar de las diferencias culturales, sociales, y economicas de estas personas, es gente capaz de brindar ayuda, a quien sea, demuestra que eres una persona noble. Eres un asco haciendo ramos de flores, pero tu voluntad por ayudar y crecer como persona te hace un excelente ser humano.
ResponderBorrarMe da gusto tener amigos como tú. Eres el titán de la nobleza. Te quiero hermano.